lunes, 3 de octubre de 2011

No sé si estoy a tiempo...


Para empezar quiero dejar por escrito que no soporto la palabra "tiempo".

Existe sólo para angustiar: el tiempo vuela, cómo pasa el tiempo, no hay tiempo, llegué a tiempo, tiempo de abrazar (¿es que hay un tiempo de no abrazar?), ¿estoy a tiempo?...


El tiempo se acaba o no llega o ya pasó.


El tiempo es un coñazo.


Escurridizo y puñetero, cambiante y cansino.


Siempre haciendo lo contrario a lo que esperamos. ¿Cuánto tiempo queda?... ¡Tiempo!: se acabó.


Nos obsesiona, nos angustia, nos desconcierta, nos toma el pelo, nos vacila descaradamente.


Andaba yo discutiendo interesantemente este tema el otro dia. Oí frases como que el problema de fondo es que vivimos mucho, demasiado quizás. Que somos una sociedad enferma. Que tenemos mucho tiempo por delante que parece que pida organización a largo plazo. Que acabamos aparcados de cualquier manera, a toda costa, cueste lo que cueste. A costa a veces de los que van llegando. Que pensamos más en el mañana que en el hoy.


-Yo ahora veo que me quedan unos treinta años más y pienso... coño, ¿¿para qué??- decía mientras se reía a carcajadas con una sinceridad balsámica tan de agradecer en estos tiempos de crisis. Alguien que se toma esto a risa, ole!


Tiempo, siempre es poco, nunca es suficiente y hasta se hace eterno el desgraciado. Es dueño de mil y un tópicos tan típicos que dan pereza, como los vecinos en los ascensores...

Ay, es algo tan desquiciantemente relativo.

Yo, por lo pronto, vivo sin reloj. Veo la hora en todas partes, sí, lo sé, pero no en mi muñeca.


Vivimos demasiado para planificarnos,

para comernos el tarro,

para obsesionarnos,

para coartarnos.

Vivimos demasiado para no vivir.


Vaaale, conviviremos contigo, tiempo, pero caminando de puntillas para que no te enteres. Como si no te viésemos, como si no nos importaras.

Ojalá.

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